Dicotomía

Así es,
de repente te pierdes frente al espejo,
urge decidir y no sabes sobre qué hacerlo.
La angustia te colma, te aborda.
Tus manos retozan sobre tu rostro
y piensas…
El viento magulla los bordes de las ventanas,
no abres, te cierras.
Se escuchan pasos tras la puerta,
no te importan,
no esperas a nadie,
hoy nadie te busca.
Te buscas tú
y sin ganas de encontrarte…
No preguntas,
de poco te sirven las respuestas.
Te aproximas a ti con tristeza,
te miras con detenimiento y te alejas,
respiras hondo, te elevas y te hundes…
Sonríes para consolarte,
desatando entre muecas tu llanto.
Te abrazas, te quieres,
miras hacia arriba
y destrozas el techo
buscando el cielo infinito.
Por tu cara, se abre paso
una lagrima que sabe a dulce.
No hay tristeza más honda
que la que se produce
cuando te buscas a ti mismo
y no te encuentras,
la sabe la vida,
lo saben las horas y el viento,
lo sé yo y lo sabes tú,
lo sabe todo aquel
que se encuentra sumergido
en la dicotomía que supone
observar con rectitud
lo lento, absurdo y represivo de la vida.

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