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miércoles, 27 de febrero de 2013

Combatir la pobreza para mejorar la convivencia y el civismo

Ciudades inclusivas: combatir la pobreza para mejorar la convivencia y el civismo

Por Alex Amaro | @alexamarobcn

"El reto de nuestras ciudades es ser más incluyentes, justas y prósperas, la gran amenaza para el civismo, la convivencia y la cohesión social es la pobreza, por lo que no debemos perder de vista que nuestro objetivo político fundamental es combatirla con todos los recursos democráticos que tengamos a disposición y si no existen, estamos emplazados a desarrollarlos para garantizar que nuestras ciudades sean más inclusivas".


Siempre hablamos de inmigración y de la vida de las personas migradas siempre terminamos hablando de integración, convivencia y civismo, pero no es casual, en el imaginario colectivo se encuentra instalada la idea de que los inmigrantes exhiben una supuesta inadaptación a la vida y costumbres de la sociedad receptora, se cree que “no hacen el esfuerzo por integrarse”, “sólo se relacionan entre ellos” y “viven en guetos”.

Se presume desde la lógica eurocéntrica que, los inmigrantes son unos seres salvajes venidos del temido y compadecido “tercer mundo”, con costumbres rudimentarias que rayan con el modo de vida catalán y europeo, de ahí que para los políticos demagogos y populista una de sus grandes preocupaciones es que los inmigrantes “adopten los valores y costumbres del país”, haciendo el énfasis en la necesidad de que todos y todas tengamos los mismos derechos y deberes. ¿Pero es cierto su discurso? ¿Están dispuestos a que todos tengamos los mismos derechos y deberes? ¡Pues no! La realidad y los hechos políticos demuestran una enorme reticencia a que las personas migradas establecidas en el país tengan los mismos derechos que los nacidos aquí y detenten la nacionalidad española.

Contra la falsedad del discurso de los partidos y sectores xenófobos, los inmigrantes asumen todos los deberes que la sociedad establece para el conjunto social, respeto a las leyes y costumbres, pago de impuestos, escolarización de menores, cuidado y protección del mobiliario público, etc., lo que no quiere decir que individuos de forma aislada no presenten conductas antisociales que, en ningún caso es la práctica generalizada, por lo que sigue resultado injusto tipificar a las personas migradas como el elemento detonante de la falta de convivencia y civismo que exhiben nuestros barrios y ciudades. Lo cierto es que, por regla general, las personas migradas conviven en sus barrios de acuerdo a las pautas establecidas por las normas y costumbres locales, salvo pequeños conflictos a escala vecinal de la que tampoco escapan “los autóctonos”.

En la mayoría de los barrios los problemas no surgen de las diferencias culturales o de la supuesta inadaptación de los llamados “nuevos vecinos”, no, los problemas vienen causados por las alternativas individuales que se plantean a la marginación y el empobrecimiento del que son víctimas las personas  que viven y cohabitan los “barrios obreros” de las ciudades, que son por regla general los territorios a los que llegan las personas migradas para establecerse y desarrollar su proyecto de vida, no por un asunto de afinidad cultural con sus pares, sino condicionados por el tema de la renta y las posibilidades de acceso a viviendas económicamente asumibles. De ahí que afirmemos que los supuestos guetos no se forman única y exclusivamente por la afinidad cultural entre determinados colectivos, sino y sobre todo por la situación económica. Un barrio de trabajadores lo fue y seguirá siendo por las características sociales y económicas de sus habitantes, no por razones culturales, el aspecto diferencial es que ya los trabajadores provienen de distintos lugares del mundo y no sólo desde la proximidad geográfica e identitaria del que provenían en otras décadas.

La mejora de la convivencia y el civismo en nuestras ciudades será posible si se actúa enérgicamente para superar la marginación y el empobrecimiento de las clases media y trabajadora, más allá del esfuerzo intercultural y por se conozcan y entiendan las distintas culturas, el acento debe ponerse sobre la mejora de las condiciones laborales y del incremento de la renta de las personas y colectivos que viven y cohabitan en los barrios obreros. El reto de nuestras ciudades es ser más incluyentes, justas y prósperas, la gran amenaza para el civismo, la convivencia y la cohesión social es la pobreza, por lo que no debemos perder de vista que nuestro objetivo político fundamental es combatirla con todos los recursos democráticos que tengamos a disposición y si no existen, estamos emplazados a desarrollarlos para garantizar que nuestras ciudades sean más inclusivas.

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