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lunes, 27 de agosto de 2012

La austeridad no frenará la corrupción

Por Alex Amaro (@alexamarobcn)

Si el presidente Danilo Medina realmente quisiera combatir la corrupción, habría destituido sin excepciones, a todos los funcionarios corruptos del anterior gobierno y no haberlos ratificado, como ha hecho”.

Las medidas de austeridad relativas al gasto publico anunciadas por el presidente Danilo Medina, resultan necesarias en un momento en el que el gasto corriente de la mayoría de los ministerios e instituciones del gobierno y el estado, se encuentran por encima de lo racional y necesario. Por todos es sabido el dispendio de los recursos públicos a través de dichas instituciones, las que muchas veces son asumidas por sus incumbentes como botín de guerra o más bien, como premio de lotería.

El presupuesto del Estado es una de las principales fuentes de enriquecimiento ilícito en el país, una práctica extendida y socialmente asumida como parte del profundo deterioro ético de la sociedad dominicana, en la que formar parte del gobierno, es decir, “pegarse” se convierte en una clara oportunidad para “buscarse lo suyo” y “pararse”. Los ministerios y dependencias del gobierno son rifadas entre los acólitos del partido gobernante y el lugar de la designación determina el nivel de proximidad al poder central y el grado de confianza depositado para llegar a ser parte de la maquinaria corruptora principal, como dicen algunos, esa donde de verdad está “la grasa”, aquella en donde se dispone de manera ilícita e ilimitada de los recursos del gobierno, el Estado y la Nación.
 
La austeridad anunciada es ineficaz y por sí sola no frenará la corrupción, si no va acompañada de la realización de auditorías independientes sobre la gestión realizada por los anteriores incumbentes de los ministerios e instituciones del gobierno. Hay que auditar seriamente las cuentas y someter a los funcionarios corruptos de los anteriores gobiernos.
 
Sin embargo, un gran problema es la continuidad de muchos funcionarios en los ministerios e instituciones del gobierno. Dada la situación, es previsible que las medidas de austeridad no se harán efectivas, porque hacerlo implicaría el desmonte de las estructuras clientelistas y de enriquecimiento ilícito instauradas y mantenidas por los actuales incumbentes.
 
Si el presidente Danilo Medina realmente quisiera combatir la corrupción, habría destituido, sin excepciones, a todos los funcionarios corruptos del anterior gobierno y no ratificarlos como ha hecho.
 
Si algo me queda claro de las medidas del Presidente Danilo Medina, es que continuará con lo que siempre se ha hecho: garantizar la impunidad de los corruptos. No corregirá lo que está mal, todos los funcionarios corruptos seguirán es sus puestos y ninguno rendirá cuenta de sus actos.
 
¿Hará lo que nunca se hizo? El gobierno apenas empieza, mal, pero apenas empieza. Ya veremos si en algún momento del camino el hombre de arma de valor y enfrenta la corrupción, pero lo que es más importante, a los corruptos. ¡Comprende!

lunes, 20 de agosto de 2012

La rebelión de las esperanzas

Por Alex Amaro (@alexamarobcn)

Para combatir la pobreza y superarla, urge recuperar el ejercicio libre y cooperativo de la ciudadanía”.

Recientemente celebré nuevamente mi cumpleaños. Un breve repaso por mi vida me confirmó lo que ya desde hace algún tiempo venía sospechando, que más de la mitad de los años que llevo vividos los he dedicado ininterrumpidamente a trabajar y luchar para vivir en un mejor país.

Con satisfacción y recurrente urgencia, no sin presagiadas decepciones, me he mantenido vinculado políticamente a las esperanzas de cambio de una parte insurrecta de la sociedad dominicana, ciudadanos convencidos de que la actual situación de injusticia que impera en el país puede ser revertida y que en su lugar podemos impulsar un modelo de sociedad justo y equitativo que nos permita construir desde la cooperación y la solidaridad el progreso necesario para garantizar la libertad y el bienestar que nos haga felices.

Los años que he cumplido (pensando en que el tiempo puede resolver ciertas cosas) podrían haber bastado para que éste proyecto inacabado de país construyera las bases autónomas de su propio desarrollo y cumpliera con las exigencias mínimas para considerarse un país moderno, prospero, beneficioso y seguro para sus ciudadanos. Pero no ha sido así, el tiempo sólo ha servido para prolongar y perfeccionar un régimen de opresión e inequidad que ha sumido en la pobreza más extrema y horrenda a millones de personas, expulsado a otros tantos al exterior (la diáspora) y muy recientemente desnacionalizando a aquellos que han quedado atrás y abajo (afrodescendientes y dominicanos de ascendencia haitiana) en la interminable pirámide de desigualdades sobre la que se erige el “milagro dominicano”.

La extensión y agudización de la pobreza económica ha generado en el país un proceso de empobrecimiento cultural que ha frenado el ejercicio de la ciudadanía, pasando a un escenario de mercantilización de las competencias sociales dirigidas a mantener la dinámica institucional en la que supuestamente debe basarse la democracia. El clientelismo ha reemplazado a la ciudadanía. Los ciudadanos sumidos en la pobreza se niegan a sí mismos tal condición y entran al “mercado de la democracia” como clientes de un modelo de compra y venta de voluntades y capacidades que permiten mantener el “statu quo” sobre el que se funda el perverso modelo de corrupción política y administrativa que hace más ricos a unos pocos y más pobres a la inmensa mayoría.

El proceso de empobrecimiento de la sociedad dominicana no sólo ha supuesto el expolio de sus inmensos recursos naturales y económicos, ha implicado, además, el despojo de las capacidades de imaginar y pensar en otras formas de vida. La imposición de una implacable teología al servicio del “statu quo”, que proclama la pobreza como un “designio divido”, hace que un pueblo adoctrinado religiosamente para aceptar con “devoción” su pobreza no esté dispuesto (de momento) a contradecir la “palabra de Dios” y acepte con resignación la “firme voluntad del Señor”.

La teología de la pobreza es arma ideológica más sofisticada con la que cuenta El Poder Actual para mantenerse de forma continuada gobernando para el beneficio de sus “socios-clientes”. La teología de la pobreza es la herramienta por excelencia utilizada para quebrar las voluntades de cambio que surgen en el seno del pueblo en lucha. La teología de la pobreza es la principal enemiga de la esperanza.

Para combatir la pobreza y superarla, urge recuperar el ejercicio libre y cooperativo de la ciudadanía. Hay que desconstruir el actual sistema pre-democrático y clientelista sobre el que se erige el ineficaz e ineficiente Estado. Para cambiar el “statu quo” es necesario impulsar una revolución social y cultural que nos permita construir nuevas formas de poder para gestionar el progreso y el bienestar  de forma solidaria y cooperativa. Para hacer la revolución debemos recuperar la esperanza. Para recuperar la esperanza debemos rebelarnos contra la “liturgia de de la sumisión” que nos han impuesto los teólogos de la pobreza al servicio del Poder Actual.

La rebelión de las esperanzas, es la decisión comprometida para cambiar el mundo actual y las ideas que lo sostienen. La rebelión de las esperanzas es la determinación no-teológica para buscar incesantemente la libertad, el bienestar y la felicidad.

lunes, 13 de agosto de 2012

Ante el nuevo viejo gobierno, nueva política democrática

Por Alex Amaro (@alexamarobcn)

Si Danilo Medina mantiene intacto el manto de impunidad que protege a la cúpula corrupta de su partido, no esperemos de su virtual gestión cambios sustanciales en las formas de gobernar y gestionar las políticas públicas”.
Danilo Medina, un nuevo presidente para continuar en “lo mismo”

El día en el que se conmemora el 149 aniversario de la restauración de la República, Danilo Medina se juramenta como nuevo Presidente de la Nación dominicana, el octavo del periodo democrático post-Trujillo.

El nuevo presidente encuentra el país hecho una ruina después de 46 años de ineficaces gestiones de gobierno, de los cuales su organización política, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) ha gobernado 12 años, contribuyendo de forma espectacular al deterioro progresivo de la sociedad dominicana, reflejado en el vertiginoso aumento de la pobreza y en la perversión continuada del sistema político y democrático.
Es difícil pensar que Danilo Medina esté dispuesto a cambiar la mecánica política y cultural que le ha permitido al PLD llegar al poder y mantenerse en el gobierno de forma ininterrumpida durante los 8 años cumplidos y, quizás, durante los 4 por venir. Hacerlo supondría toda una revolución política dentro de su partido, pero además, oxigenaría la insistente demanda de la sociedad civil para que el nuevo gobierno lleve a cabo un sostenido proceso reingeniería política que nos permita ampliar y consolidar nuestra precaria democracia.
Si Danilo Medina mantiene intacto el manto de impunidad que protege a la cúpula corrupta de su partido, no esperemos de su virtual gestión cambios sustanciales en las formas de gobernar y gestionar las políticas públicas.
Pese a los exiguos ribetes “progresistas” de su discurso y a los amagos populistas de entablar alianzas “estratégicas” con gobiernos de izquierda, como el de Dilma Rousseff, en Brasil, la deriva neoliberal de los anteriores gobiernos peledeístas delatan la posible tendencia del mandato danilista. Su compromiso será mantener el “statu quo”, cediendo quizás ante algunas de las reivindicaciones planteadas por la sociedad civil. ¿Ante cuál? La irresponsable opacidad de la clase política dominicana no nos permite saber con certeza si las autoridades electas cumplirán algunas de las propuestas y compromisos asumidos durante la campaña electoral.
Lo único previsible, el choque de titanes
En el transcurso del “nuevo” gobierno, se prevé un confrontación directa por el control absoluto del poder entre la recompuesta estructura danilista y la conservada maquinaria leonelista. Es difícil anticiparse a como se desarrollaran los acontecimientos, pero lo cierto es que la previsible “pelea de gallos” entre los dos titanes peledeístas puede acelerar o dilatar la “reestructuración del poder” y la implementación de las medidas de gobierno que contribuyan a construir la marca Danilo en oposición y distanciamiento de la marca Leonel.
La crisis que se produzca a lo interno del PLD, como la que se está desarrollando en el PRD, no pueden hacernos perder la orientación política ni desvirtuar el camino de nuestras luchas a favor de la creación de un real Estado derecho que nos permita sentar las bases de un nuevo proceso político, social y cultural que nos coloque con seriedad, responsabilidad y de forma sostenible en la senda del progreso, el bienestar y la justicia social.
La nueva política, el reto de salvar la democracia
El continuismo apabullante del PLD en el gobierno, obliga a los sectores progresistas de la nación a crear un contrapeso social y político capaz de garantizar el mantenimiento  de las conquistas democráticas logradas durante los últimos 50 años.
Ante un viejo poder que se prolonga en el tiempo, es preciso opositar con ideas y prácticas políticas innovadas. Los sectores progresistas debemos realizar un esfuerzo responsable y sostenido de reingeniería política que nos permita construir herramientas participativas y estructuras políticas plurales que se orienten a garantizar la vigorosidad de la democracia, fortaleciendo la participación ciudadana y el papel de la sociedad civil, actualizando el rol de los partidos políticos en la sociedad y mejorando de la eficiencia de la administración pública.
La posibilidad de avanzar la necesaria transformación progresista de la sociedad dominicana exige de una ciudadanía comprometida y vinculada con su propio desarrollo; requiere de una sociedad civil activa, capaz de representar libremente los intereses de la ciudadanía, en especial los de aquellos sectores sociales más débiles y vulnerables; obliga a la democratización y profesionalización de los partidos políticos, los que deben ser capaces de ser entidades de interés público y no corporaciones o franquicias mercantiles al servicio de los poderes fácticos que atomizan el Estado.
La clave de nuestra acción política pasa por insistir de forma audaz en la mejora sustancial de la administración pública y en la democratización de los poderes públicos que sostienen el Estado dominicano.
Al próximo gobierno debemos exigirle de forma contundente y continuada mejorar la gestión política y profesional de la administración pública. Urge un mayor compromiso social por parte de las distintas administraciones del Estado, pero también más y mejor transparencia en la toma de las decisiones políticas de gobierno y en el uso de los recursos públicos.
La nueva política debe orientarse a facilitar de articulación democrática de los distintos agentes sociales y políticos comprometidos con el cambio social. La apuesta transversal y colectiva debe ser defender la continuidad, desarrollo y sostenibilidad del proceso democrático. Sólo desde la pluralidad de las ideas y de las propuestas políticas progresistas lograremos construir un referente político-social alternativo capaz de opositar con éxito al poder continuista. Un referente que debe fundarse en el respeto a la diversidad cultural y organizativa como garantía de la expansión y renovación permanente del proceso de construcción democrática.
La nueva política requiere de una izquierda democrática capaz de cooperar políticamente con el resto de fuerzas progresistas y democráticas. Necesitamos recuperar la militancia y la formación política no dogmatica. Debemos esforzarnos por desarrollar espacios de encuentro y de construcción participativa de la crítica social. Debemos apostarlo todo a la política, es decir, comprometernos firmemente con el progreso, el bienestar y la justicia social.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una respuesta necesaria, en defensa de la dignidad de los afrodescendientes dominicanos y contra el racismo

Sr. Rafael Antonio, agradezco el esfuerzo que ha realizado usted, al leer y comentar con detenimiento el artículo que he publicado con el título de “La lucha de los dominicanos de ascendencia haitiana expresa su irrenunciable sentido de pertenencia al país”. Sin embargo no comparto el fondo ni la orientación de sus argumentos de análisis y respuesta, ya que forman parte del discurso oficial establecido para mantener el régimen de discriminación y desigualdades que afectan a un segmento importante de la población dominicana que carece de derechos y documentación debido a un proceso organizado para evitar su plena integración a la sociedad dominicana, para sólo permitir que su fuerza de trabajo sirva de soporte al enriquecimiento sostenido de la oligarquía azucarera, de grupos agroindustriales, así como de las mafias inmobiliarias y de la construcción, etc.

Usted habla de la “defensa absoluta y total de nuestro territorio nacional y de lo que como pueblo somos”, y sin refrendar la orientación de tal afirmación le digo que ciertamente debemos defender nuestro territorio, nuestros recursos, montañas, playas, dinero público que va a parar a manos de las mafias políticas que se han repartido el poder durante los 50 años de existencia de ésta moribunda democracia. Haití, ni la migración haitiana representan una amenaza política, militar, ni siquiera económica o cultural para la República Dominicana. La real amenaza la representa el bipartidismo corrupto que se ha erigido como “Caballo de Troya” al interior de la Nación dominicana.

Afirma usted, cayendo de golpe en terribles errores conceptuales, que la izquierda y la derecha debería unirse para consumar el programa de segregación racial y social iniciado por Balaguer y la oligarquía azucarera. Si lo que queda de nuestra izquierda hiciera eso, terminaría por liquidarse como referente de lucha por la justicia, la igualdad social y la democracia. El problema de nuestra supervivencia como Nación radica en las capacidades que podamos crear para garantizar los derechos humanos de todos nuestros ciudadanos, de los nacidos en nuestro territorio, así como de aquellos que de forma voluntaria y libre arriben a nuestro territorio a compartir el trabajo y el “sueño dominicano”.

Me rio con tristeza, pero sin asombro, cuando habla usted de “invasión pacífica”. Y me pregunto yo ¿En qué mundo vive usted? ¿Qué realidad paralela vive usted que le atormenta de tal manera? ¿Realmente se cree usted la increíble fábula neo-trujillista de la “invasión haitiana”? No quiero ofenderle, pero debo decirle que, está usted ya grandecito para creer en “cuco”, “bacá” y “ciguapas”…Despierte sobre al ariete de sus propios argumentos, Haití no es amenaza de ningún tipo para la República Dominicana.

La eliminación de las barreras fronterizas a la que usted hace referencia, asignándole a la izquierda haitiana el valor de plantearla públicamente, responde a una tendencia global, mire usted, llamada precisamente “globalización”, que tiene como objetivo garantizar la libre movilidad de las personas entre países con acuerdos de intereses comunes. Ese podría llegar a ser el caso de las relaciones dominico-haitianas, pero de momento es un avance social y humano logrado por algunos países y regiones del mundo, por ejemplo: la Unión Europea y el Acuerdo de Schengen.

Pero ésta es una construcción social que no se reserva a los europeos, algunos países centroamericanos y suramericanos han levantado las restricciones fronterizas como parte de sus acuerdos para construir un futuro común. Hay que mirar al mundo y no caerse al suelo del vértigo que provoca mirarse con infantil tozudez el ombligo.

Para los que somos de izquierda hay una agrupación social más importante que la propia Nación y se llama “Clase obrera”. Los inmigrantes haitianos son clase obrera y esos en el lenguaje político y en nuestra forma de concebir el mundo, compartir la condición de “clase social” nos hacen compatriotas.

Con el tiempo, la realidad nos ha demostrado que el cauce natural de los nacionalismos es el fascismo. Su discurso así lo confirma. No se puede hablar con tanto resentimiento si no se albergan nefastos propósitos en la pre-conciencia que acompaña a la acción política.

Un breve repaso por nuestra historia

Resulta necesario recordarle que la sociedad dominicana se ha conformado a través de distintas olas migratorias, en las que ciudadanos de distintos países y regiones del mundo llegaron a nuestro país para realizar sus vidas y compartir con nosotros las tareas de construir el futuro constante de la “Patria”.

En esos viajes han llegado españoles, italianos, francés, alemanes, estadounidenses, puertorriqueños, cubanos, venezolanos, mexicanos, colombianos, suizos, turcos, sirios, libaneses, egipcios, israelíes, belgas, japoneses, chinos, coreanos, argelinos, entres otros grupos de extranjeros que han logrado integrarse a nuestra sociedad sin los contratiempos ni resistencia que han encontrado los afrodescendientes (cocolos, afroamericanos del sur de EEUU, etc.) y dominicanos de ascendencia haitiana.

Con el objetivo de relanzar la industria azucarera en los años 70s, el gobierno del tirano Joaquín Balaguer, en connivencia con la oligarquía azucarera pactó con la dictadura haitiana de los Duvalier, el envío a la “Parte Este” de la isla de contingentes de trabajadores haitianos, los que que desde su llegada fueron despojados de todo derecho. Se les recluyó y hacinó en los bateyes sin las más mínimas condiciones para vivir y trabajar con dignidad.

A los trabajadores haitianos traídos “legalmente” al país no se les reconoció ningún estatus migratorio ni jurídico y se les obligó a trabajar en condiciones de semi-esclavitud, convirtiendo la explotación intensiva de su mano de obra barata en la base del renacimiento azucarero del país y en fuente del enriquecimiento desmedido de la oligarquía azucarera. Y es ahí cuando se inicia ésta situación de racismo, xenofobia, exclusión y marginación institucional. El Estado dominicano nunca tuvo una política seria ni justa para gestionar los flujos migratorios que necesitaban ciertos sectores económicos del país para garantizar la mano de obrar barata que sostener su funcionamiento y desarrollo.

El ineficiente Estado dominicano, tan corrupto y fallido como el haitiano, no ha dispuesto nunca una política gubernamental orientada a facilitar la integración social de los inmigrantes de origen haitiano y de sus descendientes, que de acuerdo a la violentada constitución que nos regía hasta el nefasto 26 de enero de 2010, son dominicanos.

Por lo que yo afirmo que, las reivindicaciones de los dominicanos de ascendencia haitiana se sitúan en el centro mismo de las luchas llevadas a cabo por los sectores populares para construir una democracia real y un Estado de derecho que funcione sobre ésta maqueta de Nación, que ciertamente ocupa la “Parte Este” de la Isla de Santo Domingo. Mientras la justicia y nuestra pre-democracia no garanticen la inclusión social y el ejercicio pleno de la ciudadanía por parte de los dominicanos afrodescendientes y de ascendencia haitiana la lucha por los derechos civiles seguirá vigente y el bienestar social una tarea inconclusa.

Le advierto que la historia de la victoria de la justicia puede ser lenta, pero es segura. Así nos lo muestra la historia de lucha de los afrodescendientes en los Estados Unidos de Norte América, vigente hasta nuestros días, pero victoriosa. Hoy un negro, nacido fuera del territorio continental, hijo de un inmigrante africano islamista es Presidente de los EEUU. Un país es donde hasta hace 40 años los negros nos eran considerados “americanos”, eran como dicen ustedes aquí, “trabajadores en tránsito”, pero hoy son ciudadanos de pleno derecho y con un gran poder. Los racistas que les opositaron hoy están es sus guaridas cavilando lo irrealizable y mordiendo el polvo de su justa derrota; tan sólo les queda recordar con añoranza este triste y vergonzante pasado que no volverá.

Llegará el momento en el que los dominicanos afrodescendientes y de ascendencia haitiana podamos ejercer nuestras ciudadanía a plenitud. Lograremos ejercer con responsabilidad los derechos y el poder que nos ha sido negado por gente como usted. Quizás alguno de nosotros pueda convertirse el presidente o presidenta, algo que la resistencia de los racistas no le permitió a Peña Gómez.

Me despido evocando el espíritu de lucha de grandes dominicanos y dominicanos afrodescendientes y de ascendencia haitiana, entre muchos, cabe destacar a Liborio Mateo, Mamá Tingó, Maximiliano Gómez, Peña Gómez, Sonia Pierre y otros tantos, deportistas, intelectuales, escritores, poetas, pintores, músicos, bailarines, médicos, maestros, ingenieros, arquitectos, peloteros, políticos, obreros, campesinos, chiriperos, amas de casa, estudiantes.

¡Habrá Patria con nosotros o no habrá!

lunes, 6 de agosto de 2012

La lucha de los dominicanos de ascendencia haitiana expresa su irrenunciable sentido de pertenencia al país

Por Alex Amaro (@alexamarobcn)

La lucha de los dominicanos de ascendencia haitiana, reivindicando su pleno derecho a la nacionalidad dominicana, evidencia el carácter inconcluso de nuestra democracia y la vigencia de las luchas sociales a favor de las libertades y los derechos civiles. Pero sobre todo expresa su irrenunciable sentido de pertenencia al país”.

A diferencia de otros colectivos, el de los dominicanos de ascendencia haitiana se enfrenta, en su propio país, a terribles desigualdades sociales, culturales, económicas, políticas y jurídicas que agravan las condiciones de exclusión y marginalidad en que se encuentran, dificultando enormemente las posibilidades de rebasar el circulo de la pobreza y de poder construir su vida en condiciones dignas, o al menos en las mismas condiciones en que lo hace el resto de la población dominicana.

El peso de la cultura y la política anti-haitiana impuesta por la maquinaria racista, xenófoba y pro-hispánica del trujillismo se ha perpetuado hasta nuestros días, teniendo en Joaquín Balaguer y Vincho Castillo su principal soporte discursivo, y sus partidos políticos, el PRSC y la FNP, las estructuras ideológicas y organizativas que educan, forman y preparan a los rabiosos cachorros, xenófobos, racistas y anti-haitianos encargados de ladrar permanentemente contra la justicia y la democracia.

De manera sorprendente éste discurso antisocial y que niega los derechos de un importante segmento de la población dominicana nacida en la pobreza extrema, ha logrado encontrar espacio dentro del Partido de la Liberación Dominicana, el que ha cedido ante el PRSC y la FNP aspectos políticos y constitucionales claves para garantizar o negar los derechos de los dominicanos de ascendencia haitiana.

El 26 de enero de 2010 se proclama la reforma ultraconservadora de la constitución y se hiere de muerte a la justica y a la democracia de la República Dominicana. Leonel Fernández y el PLD, llevados de la mano de la derecha reformista y de los ultraconservadores de la FNP, aniquilan la posibilidad de que los dominicanos de ascendencia haitiana adquieran, ejerzan y disfruten plenamente la nacionalidad dominicana sin mayores contratiempos.

Desde entonces el racismo institucional pasa a tener rango constitucional, oxigena a los radicales anti-haitianos y dispara las manifestaciones racistas y xenófobas en gran parte del país, sin que éstas encuentren una respuesta social y política contundente en los llamados sectores democráticos y progresistas. Parte de la izquierda política y social ha respondido con suma tibieza ante los hechos o sencillamente algunos no se han pronunciado.

Sin embargo la lucha de los dominicanos de ascendencia haitiana está cobrando unas dimensiones políticas y sociales sin ningún precedente desde que éste colectivo empezara a gestarse y a organizarse como sujeto político a principios de los años 70s. Al parecer el cambio generacional, el desarrollo organizativo, la mejora de la instrucción académica y política, pero sobre todo el desarrollo de su sentido de pertenencia al país están perfilando la potencialidad de los nuevos actores de éste movimiento.

La determinación mostrada por parte de los dominicanos de ascendencia haitiana para enfrentarse a las injusticias que se les imponen amparadas en el poder del Estado dominicano evidencia el carácter democrático y progresista de su lucha. Por lo que deben contar con el respaldo de todos los sectores que así mismos se definen como democráticos, progresistas y de izquierda.

La lucha de los dominicanos de ascendencia haitiana, reivindicando su pleno derecho a la nacionalidad dominicana, evidencia el carácter inconcluso de nuestra democracia y la vigencia de las luchas sociales a favor de las libertades y los derechos civiles. Pero sobre todo expresa su irrenunciable sentido de pertenencia al país.

Conseguir el reconocimiento de la nacionalidad y de la ciudadanía plena para los dominicanos de ascendencia haitiana quebraría uno de los pilares de la marginalidad y la exclusión en la República Dominicana, significaría un punto de inflexión favorable en el combate contra la pobreza y, en la superación de la cultura de la pobreza y la derrota asimilada por los sectores populares, con terribles consecuencias para el progreso de la luchas sociales y la regeneración de la democracia en el país.