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miércoles, 11 de julio de 2012

La violencia del poder, el poder de la violencia

Por Alex Amaro (@alexamarobcn)

"Debemos provocar una revolución social y cultural que nos permita deconstruir la estructura violenta que atomiza a la sociedad dominicana, lo que nos exige militancia y compromiso para cambiar costumbres políticas y sociales que refuerzan el poder la violencia y la violencia del poder".

La sociedad dominicana se encuentra atrapada en una ola de violencia generalizada que toca sensiblemente a casi todos los ámbitos de la vida social del país. La violencia machista, los  asaltos, secuestros, torturas, asesinatos, la corrupción y la pobreza son algunas de la expresiones que caracterizan ésta violencia estructural, causando tanto desasosiego entre la población que durante los últimos años estamos asistiendo a una nueva ola migratoria, ésta vez por razones de seguridad y supervivencia vital.

Durante décadas, en República Dominicana, la violencia ha formado parte activa del ejercicio del poder, llegando a convertirse en un recurso frecuente para resolver conflictos sociales, políticos, económicos, culturales, etc., sean estos de ámbitos público o privado.

La violencia se ha estructurado política, social y culturalmente de tal forma que, la gente no se extraña ni alarma ante hechos como la represión del Estado y de la policía, la violencia machista, los ajustes de cuenta entre carteles de la droga, etc. El uso de la violencia se justifica socialmente con una brutalidad que me causa indignación y pavor.

El poder de la violencia es tal que pocos sectores escapan a su peso e influencia.  La violencia del poder ha creado un sistema de impunidad y eficiencia criminal accesible a cualquiera que tenga dinero para comprar a políticos, policías, militares, abogados, fiscales, jueces, periodistas o comunicadores que le puedan construir una coartada o directamente garantizarle a una sentencia favorable que le libre de la justicia y de la cárcel.

De ahí que resulte tan difícil enfrentar ámbitos específicos como la violencia machista o los asesinatos en robos, ajustes de cuentas o a manos de la policía y militares. Combatir la violencia exige una reconstrucción de los poderes públicos y privados de forma que socialmente podamos despojarlos de sus capacidades para ejercerla, pero eso implica el desmonte total de las estructuras y garantías de impunidad en que se sustentan.

La lucha contra la violencia exige un reordenamiento del Sistema de Justica de forma que entremos en la legalidad democrática requerida para considerarnos un verdadero Estado de derecho. Una reforma de la justicia que exige nuevas formas de gestionar la seguridad pública y las funciones de policía. Necesitamos una justicia independiente del resto de poderes del Estado, con recursos propios y suficientes para que pueda desempeñar su papel sin tener que postrarse o venderse a los poderes políticos o a intereses privados.

Debemos provocar una revolución social y cultural que nos permita deconstruir la estructura violenta que atomiza a la sociedad dominicana, lo que nos exige militancia y compromiso para cambiar costumbres políticas y sociales que refuerzan el poder la violencia y la violencia del poder.

Quienes aspiramos a construir una mejor sociedad a partir de la articulación de una nueva expresión política democrática y alternativa debemos asumir el combate a la violencia estructural desde la no-violencia activa. No podemos seguir reforzando el poder de la violencia sobre la sociedad, tenemos que apostar por la resolución democrática y no violenta de los conflictos que afectan el desarrollo humano y el progreso de la República Dominicana. Debemos construir una nueva radicalidad que no se sustente en métodos de lucha violentos, sino que se funden en el peso y valor de las ideas. Una nueva radicalidad democrática y no violenta que nos devuelva la humanidad y sentido común perdido bajo el peso de tanta violencia.

La no violencia activa es el pasaporte necesario para un viaje de lucha y confrontación cuyos resultados tangibles no pueden seguir siendo tan sólo las víctimas de la violencia. Debemos redimensionar el valor de la vida y el perjuicio de la violencia. Es difícil sí, pero hay que intentarlo.

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